
Me levanté a las 7 y media y me tomé un café y un par de magdalenas. No es precisamente un desayuno para deportistas pero tenía el estómago revuelto de los nervios y de no haber dormido bien.
Me dirigí al puerto de Tarifa acompañado de mis amigos y tras las fotos de rigor con el cartel de Amnistía Internacional y de la Diputación de Cádiz de fondo, me monté en el barco de la empresa Turmares.
Antonio, el patrón, me tranquilizó diciendo que las condiciones meteorológias eran óptimas: apenas hacía viento y las mareas no eran muy fuertes. Yo sólo deseaba meterme en el agua y completar una travesía que llevaba un año entero planeando. Así que, a las 9 y cuarto del 22 de Septiembre comencé a nadar desde Isla Tarifa rumbo a Marruecos.
Mis amigos Manolo, David y Nacho me animaban desde el barco. Kim y los de la Cruz Roja me seguían en sus respectivas Zodiacs y el cámara de Canal Sur no perdía detalle. Yo sólo tenía un objetivo: seguir la bandera de Amnistía Internacional que ondeaba en la popa del barco.
Tras algunos problemas con las gafas de natación, después de un cuarto de hora cogí mi ritmo de brazada y no lo cambié en las 5 horas que estuve nadando. El patrón me advertía que iba un poco lento y que quizás no llegara a tiempo a las inmediaciones de Tánger. Según parece, alrededor de la 1 las mareas se igualan y es imposible tocar tierra aunque uno esté a 20 metros de la costa. Yo intenté acelerar un poco el ritmo pero me era imposible. En mi entrenamientos he trabajado mucho la resistencia pero nada la velocidad, así que o llegaba a este ritmo o no llegaba nunca.
Mis amigos estaban un poco preocupados también e intentaban darme ánimos para que fuera más rápido pero pronto se dieron cuenta que yo iba a piñón fijo: ni más lento ni más rápido.
A las 2 horas paré para tomar un platano y un poco de Aquarius, me encontraba bien y mi moral subió aún más cuando me dijeron que ya había pasado la mitad de la distancia. Entonces fue cuando empecé a creerme que de verdad iba a conseguirlo.
Sin embargo, nadaba y nadaba y la costa marroquí no se veía por ninguna parte: toda era una infinita mancha azul y una pequeña bandera al fondo. Las horas pasaban y yo empecé a perder la noción del tiempo y del espacio, perdí la concentración debido al cansancio, al dolor en los hombros, cuello y espalda, a la imposibilidad de ver otra cosa que no fuera agua, agua y agua. Me empecé a marear y temí sufrir un desfallecimiento, así que paré para tomar otra bebida y dije que no me encontraba bien.
Antonio, el patrón, que se nota que tiene mucha experiencia en esto, se dió cuenta de que mi malestar se debía a cuestiones psicológicas y no físicas ya que mi ritmo no había decaido, así que entre todos me animaron y me convencieron de que no quedaba nada, sólo 3500 metros. Prácticamente nada, pensé, sí, pero al menos una hora más nadando. Decidí que no me quedaba más remedio que continuar, que no podía echarme atrás ahora, y seguí y seguí, pasé las frías corrientes de las cercanías de Marruecos y casi sin darme cuenta llegué a Punta Almansa, frente a al Isla de Perejil.
Todo salió bien y aún no me lo creo. Me he dado cuenta de lo duro que debe ser atraversar el Estrecho de noche y sin seguridad. No es tan estrecho como parece.







